domingo, 14 de febrero de 2010

::CAPÍTULO 2 - PARTE 5::



Iris perdió los nervios y discutió largamente con Valentín cuando vio el sobre entre sus manos. Valentín le echó en cara haberle mentido de aquella manera tan estúpida y cobarde. Iris le reprochó que no hubiese hecho lo suficiente por Sara cuando estaba viva mientras que desde su muerte se prodigaba en recuerdos llenos de amistad y respeto. Valentín puso el grito en el cielo recordando lo mucho que le había afectado la muerte de Sara. Iris tachó de nuevo a Valentín de oportunista y receloso. Valentín le corrigió rememorando exasperadamente lo mucho que se habían amado desde que estaban juntos gracias a la marcha de Sara. Iris gritó enfurecida que su vida era sólo suya y que podía hacer lo que le pareciese. Valentín le recordó airado que eran ambos y no sólo ella los que vivían un matrimonio en común.

Iris le dijo que se fuese; inmediatamente y para siempre.

Tres días después Sasia paseaba lentamente y sin cojear a través de la avenida más céntrica de la ciudad, ausente, culpándose en gran medida de lo sucedido en los últimos nueve años. En aquellos mismos instantes Iris lloraba acurrucada en cama desechando la idea de volver a ver a Valentín, intentando aceptar de una vez por todas la muerte de Sara y esforzándose por pasar página en todos los sentidos. Mientras tanto Valentín perdía el norte y canalizaba su frustración en el interrogatorio de un don nadie que horas más tarde reposaría inconsciente en la habitación de un hospital.

Por fin todo se estaba yendo a la mierda; de cabeza.

Para Sasia el valor de las cosas siempre había sido un concepto demasiado subjetivo como para que pudiera ser cuantificado en modo alguno; en ciertas ocasiones, incluso en más de las que él mismo pudiera pensar, también concedía más importancia a los pequeños detalles, objetos o cariños que le transportaban de vuelta a los momentos importantes de su pasado, y nunca, nunca, salvo en etapas de enorme dificultad, pensaría en deshacerse de aquellas pequeñas cosas. Por supuesto siempre había sabido que existen tantas valoraciones como personas hay en el mundo. Y también que muchas veces esos objetos no son tal; sólo son momentos almacenados en la memoria a los que se les suele dar cada día más importancia, llegando peligrosamente incluso a caer en la tentación inconsciente de idealizarlos y exagerarlos, alejándolos cada vez más de la realidad. A veces sí eran pequeños objetos los que le hacían tener presentes dichos momentos: una fotografía, una nota, un colgante, un sobre acolchado o una caja de metal.

A la mañana siguiente Iris dejó el trabajo con la intención de no volver nunca y pensando seriamente cambiar de ciudad. Tras una conversación de varias horas con el director de la sucursal, y tras haberle pasado éste al jefe de zona, se llegó al mutuo acuerdo de una excedencia de un año. Durante ese tiempo Iris podría poner en orden sus prioridades o arreglar sus problemas personales sin cerrar ninguna puerta de manera definitiva; que se tomase las cosas con calma y aprovechase para descansar lo máximo posible. Cordial y comprensivo director. Al colgar el teléfono, con los ojos todavía rojos e hinchados de llorar toda la noche, Iris pensó que quizá fuese mejor así. Se iría durante un tiempo; pero regresaría. Y si cuando regresase no pudiese mirar siquiera las paredes que en aquel momento la encerraban volvería a irse; y esa vez para siempre.

Allí, sentada a los pies de la cama, con el teléfono todavía en sus manos, con la persiana casi cerrada del todo, con las cosas de Valentín todavía entre las suyas, con fotografías de Sara tiradas por el suelo y con su mente completamente invadida de recuerdos suscitados por todo lo que la rodeaba, Iris sólo tenía ganas de acostarse de nuevo y continuar llorando hasta quedarse dormida.

Lo intentó. Pero no podía dormir; ni siquiera podía cerrar los ojos y mucho menos descansar. Únicamente podía seguir torturándose evocando la felicidad de días pasados siendo completamente consciente de que era aquello mismo lo que la estaba destrozando por dentro.

Se levantó de la cama pesadamente y comenzó a vestirse para no salir. Subió vacilante la persiana, entreabrió la ventana para refrescar el cargado ambiente de la habitación, hizo la cama a la francesa y fue resuelta a la cocina para calentar un poco de té, fumar un pitillo y meter en bolsas lo antes posible todo lo que fuese de Valentín. Eso le llevó dos largas horas entre varios cigarrillos, un segundo té y acariciar al meloso señor Vulnus mientras descansaba un poco.

Despejar su mente hacia este tipo de tareas le había resultado más fácil, mucho más fácil de lo que había supuesto en un principio. La clave era encontrar un sistema de organización lo suficientemente complicado y eficiente como para destinar cada objeto para su lugar correspondiente a la hora de ser enterrado; de este modo no tendría apenas tiempo para pensar en nada más que no fuese recoger y olvidar. La mayor parte de las cosas de Sara estaban guardadas desde hacía años en la parte de arriba del mueble de la habitación, por lo que simplemente adjudicó una bolsa a mayores para almacenar todo aquello que seguía haciendo que la efigie de Sara estuviese innecesariamente presente: algunas fotos, dibujos, pequeños cuadros… tazas, libros, lápices…

Las cosas de Valentín fueron guardadas directamente en bolsas de basura hasta que se le acabaron. Sin pensarlo dos veces se puso un abrigo y bajó al ultramarinos de la esquina.

Definitivamente aquello le estaba haciendo más bien que mal, pensaba Iris mientras salía al frío y bullicioso exterior subiendo el cuello del abrigo. A pesar de estar enfrentándose directamente a objetos que en potencia suponían un billete de ida directo al pasado, el hecho de someterlos al encierro suponía un punto y aparte necesario cuando reparadoramente catárquico. Y mientras caminaba deprisa sumida en sus conclusiones, sintiéndose casi libre tras mucho tiempo, sonrió.

Una hora más tarde el piso había casi perdido la huella de la presencia de su marido y mayor error. La de Sara, por desgracia, tardaría un poco más. Mañana llamaría a un pintor… o mejor incluso: compraría pintura y lavaría la cara de su hogar. Le llevaría tiempo pero había aprendido con Sara…

Sin apagar el cigarrillo buscó nerviosa en las páginas amarillas el teléfono de un par de pintores; pero la guía estaba encima de unas revistas; y encima de la guía descansaba un sobre acolchado y una pequeña caja de metal.

Había obviado aquel rincón del salón a la hora de recoger todo lo que no pudiese quedar a la vista; ya fuese de manera inconsciente o sabiendo perfectamente lo que hacía, sus pasos la habían llevado de aquí para allá, de la cocina a la habitación de invitados, del baño al estudio, del salón a la terraza. Por todas partes menos por aquel pequeño rincón.

Iris escrutó a su alrededor buscando al señor Vulnus. Había té recién hecho en la cocina. Cogió el grueso sobre, la caja, la taza y el gato y se sentó en el sofá del salón acariciando al animal, removiendo el líquido, apartando la caja y mirando directamente hacia el sobre que descansaba ya sobre sus rodillas.


lunes, 25 de enero de 2010

::CAPÍTULO 2 - PARTE 4::



Al día siguiente la lluvia había convertido la ciudad en un gran atasco. Llovía como casi no se recordaba, y lo hacía con tanta fuerza que más de una alcantarilla había dicho ya basta y no admitía más agua en su local. El transporte público se colapsaba por momentos, los vehículos particulares apenas avanzaban y sólo las bicicletas podían presumir de no llegar demasiado tarde a sus citas.

A Valentín no le gustaba demasiado conducir, ni andar en bicicleta, ni coger un taxi ni usar paraguas, por lo que con la única ayuda de un abrigo largo algo pasado de moda con el que acabaría calado hasta la médula decidió dirigirse sin más tardanza al cementerio. Y mientras caminaba, oculto entre los paraguas de los viandantes y camuflado entre los cientos de abrigos oscuros y la luz vespertina, no podía dejar de pensar en lo que Iris le había contado el día anterior.

Sasia estaría en la ciudad una semana; no sabía nada sobre la muerte de Sara y al parecer aquel año sería el último para las reuniones en el cementerio: Sasia desaparecería por fin también de sus vidas.

Cinco años dan para mucho, y a pesar del cariño que sentía por Sara se alegraba de poner punto y final a aquella parte de su historia; y más se alegraba por Iris: por fin podrían dedicarse el uno al otro por completo; sin fantasmas; sin recuerdos. Sin Sara. Esperaba que el carácter de su amor cambiase un poco; sin prisas; que volviese a ser un poquito más como antes. Lo sucedido había sido todo un golpe; para todos; y para las esperanzas que ambos tenían depositadas en ella.

A veces se descubría fantaseando en el trabajo: era invulnerable y podía utilizar su… habilidad (así la llamaba Sara) para hacer de la ciudad un lugar mejor. Dejaría que los rumores se extendiesen por la ciudad, por todos y cada uno de sus rincones: un poli indestructible. Y entonces sonreía; sonreía por lo absurdo de la situación. No se veía siendo invulnerable, pues en realidad ya no sería él mismo; sería otro; y tal vez ese otro se dejaría llevar por caminos no del todo honestos. Es decir; si fuese invulnerable desde los trece años, como Sara, no habría crecido hasta convertirse en el Valentín que era; se habría enfrentado a la vida desde otra perspectiva.

Sin embargo había que reconocer que todo aquello era de locos. Si no lo hubiese visto con sus propios ojos en más de una ocasión habría jurado que la existencia de Sara había sido tan solo una parte de un sueño del todo imposible. ¿Invulnerable? ¿En serio?

En todo caso la vida habría de continuar; con o sin Sara. Nuevos días, nuevas frustraciones, nuevas alegrías… El mundo seguía su curso. Tenía cierto miedo de estar exagerando, pero consideraba que la decisión de Sasia e Iris de no volver a verse nunca más había sido la mejor de las decisiones que se podrían haber tomado en el día anterior.

Pero a pesar de todo la más obvia de las cuestiones se convertía poco a poco, y más desde la última visita de Sasia, en una sutil obsesión en su cabeza: Cómo diablos había muerto.

Y por Dios; cómo se estaba empapando.

Decidió acortar por un par de calles menos transitadas que había patrullado años antes. No eran las mejores zonas del barrio en el que estaba, pero confiaba en no tener que asustar con su placa a un par de jóvenes imbéciles rompiendo contenedores de basura o meando en alguna oscura esquina. La verdad es que tenía ganas de coger un café de camino, llegar lo antes posible y quedarse un buen rato sentado frente a la lápida de su amiga. Le daba igual mojarse más, porque era imposible. Se sentaría en el banco de piedra hasta que el frío comenzase a entumecer sus músculos y entonces se retiraría, en principio, para siempre.

Hasta donde sabía, los límites de la invulnerabilidad de Sara eran completamente desconocidos. Él mismo había sido testigo en más de una ocasión de la puesta en práctica de la “habilidad”, y también más de una vez, mientras descansaba en el sofá de su piso años atrás, con un café caliente entre las manos, una película de artes marciales en la televisión y algunos informes policiales que todavía necesitaban un último vistazo antes de ser entregados, comenzaba a discurrir con el objetivo de acertar qué grado de intensidad sería necesario para dañar el cuerpo de Sara. ¿Una bomba nuclear? ¿La bomba del Zar? No se le ocurría nada más devastador.

En su momento incluso había hablado en innumerables ocasiones con la propia Sara sobre sus límites. ¿Podía ahogarse? ¿Necesitaba respirar?

Ella le contaba lo que había experimentado y seguía experimentando por tal camino, y sin embargo ni Sara se veía capaz de destacar una situación en concreto a la hora de hablar de sus límites; se dedicaba sencillamente a repasar las medidas que le parecían más desproporcionadas. Sara decía que llegado cierto momento no sabes qué hará más daño: si un tren arrollándote o una caída desde veinte pisos. Que pierdes la perspectiva; que no sabrías asegurar con relativa certeza si la explosión de una bomba lapa aferrada a tu pecho sería más dantesco que verse sepultada bajo innumerables toneladas de escombros.

Pero a Valentín le seguían surgiendo preguntas; más y más.

Sin ser apenas consciente del tiempo que llevaba caminando bajo la lluvia comprobó que había llegado a las puertas del camposanto, por lo que tras una breve visual para orientarse en el vasto espacio dirigió sus pasos hacia el lugar en el que (creía recordar) estaba la tumba de Sara.

Por supuesto no era el lugar más de moda en la ciudad. Tras mirar con dificultad a su alrededor, mientras volvía a subir el cuello del abrigo descubrió para su sorpresa más gente de la que en principio se esperaría bajo aquella lluvia torrencial: a lo lejos se estaba celebrando un pequeño funeral de no más de diez personas con sus paraguas, intentando resguardarse del frío y de la lluvia. El único que se mantenía impasible al tanto que rezaba sus salmos era el cura que presidía la ceremonia. En otra parte un joven y dos ancianos estaban frente a una lápida dejando algunas flores y retirando otras rancias y marchitas. Más allá alguien fumaba un pitillo bajo la escasa protección que brindaba uno de los viejos árboles.

Si aquello fuese un centro comercial juraría que aquel individuo estaba esperando para sisar alguna que otra cartera. ¿En un cementerio? A saber.

Para cuando encontró la lápida y el banco de piedra sus pensamientos volvían a retroceder varios años; retrocedieron hasta el momento en que Sara le salvó la vida por segunda vez; al momento en que entre los dos llegaron al acuerdo tácito de ayudar siempre que se necesitase de su ayuda; al momento en que con el apoyo de Sara logró el tan ansiado ascenso. Recordar aquellos momentos que habían compartido, todos ellos, tanto los buenos como los malos, era la manera que creía más adecuada para presentarle sus respetos.

Y así, sumido en los recuerdos, rodeado por el continuo ruido de la lluvia, acariciado por el fuerte viento y con la mirada clavada en la fría lápida de piedra grabada de la tumba de Sara, no se dio cuenta de que alguien estaba en aquel momento justo detrás de él.

-¿Es usted Valentín? – Sonó a sus espaldas. La pregunta, casi gritada para sobreponerse al continuo ruido provocado por la lluvia, le cogió completamente por sorpresa.
-¿Quién lo pregunta? – Respondió algo tenso mientras dejaba el banco. Era el tipo del árbol; el del pitillo; el que entraría a robar en cualquier tienda en cuanto tuviese la más mínima oportunidad. Largas líneas negras tatuadas asomaban desde lo que se veía del cuello hasta la mejilla; no tendría más de treinta años y su ropa estaba completamente empapada; incluso más que la suya propia; a saber cuanto tiempo llevaba esperando bajo aquel árbol.
-Yo… no soy… - Titubeó al responder. No parecía querer dar demasiados datos personales. – Me han dicho que usted vendría. – Dijo mientras tendía una bolsa de plástico completamente empapada. – Que le diera esto.

Valentín recogió la bolsa con ciertas dudas.

-Puede ver que no he abierto nada. – Continuó gritando el extraño mientras comenzaba a retirarse. – Ni el sobre ni la caja.

Valentín abrió la bolsa y sacó un grueso sobre acolchado y una pequeña caja de metal. Tanto el sobre como la caja estaban cerrados con un pequeño precinto que parecía en perfecto estado. Cuando levantó la vista el individuo estaba caminando a toda prisa alejándose bajo la lluvia.

Valentín intentó escrutar con la mirada todo el cementerio mientras resguardaba la bolsa bajo el calado abrigo, pero estaba sólo. El funeral había acabado sin dejar rastro de los presentes y tampoco encontraba al joven con los dos ancianos. Sería mejor que alcanzase al que le había dado la bolsa y le hiciese un par de preguntas antes de que se quedase con la bolsa y un palmo de narices.

Pero justo cuando se disponía a seguir al individuo otra figura salía a lo lejos de la protección que le daba un árbol. A aquella distancia, lloviendo, con la oscura noche y la poca iluminación del cementerio, lo único que pudo discernir fue cómo una figura dentro de una larga gabardina oscura saltaba ágilmente el muro y desaparecía fuera del cementerio y de su vista.

Alguien se había quedado a comprobar si Valentín recibía un importante sobre y una imprescindible y pequeña caja de metal. El asunto era quién y por qué, y ya era tarde para interrogar al tipo del árbol.


jueves, 14 de enero de 2010

::CAPÍTULO 2 - PARTE 3::



Los tres sabían que a Sara le resultaban sumamente importantes las opiniones de los que se encontraban en su ambiente cercano; los valores morales, la determinación, las preocupaciones y las conclusiones de aquellos a los que quería y estimaba con todas sus fuerzas.

Aquello no tenía que ser necesariamente un defecto si las opiniones y recursos morales de las influencias recibidas se mostrasen equilibradas y tendiesen a compensarse, obligando de tal manera al espíritu crítico de Sara a calibrar las opciones adoptadas y reaccionar en consecuencia; más de una vez una duda, una consulta o una indecisión en concreto obtenía una respuesta con carácter de verdad absoluta cuando los tres estaban de acuerdo en cual debía ser la tarea a cumplir. Pero siendo así… ¿Acaso no era de esperar una respuesta como la que acabó por sobrevenir? ¿No era lógico pensar que Sara estaría mejor sin ellos que con ellos? No eran las opiniones individuales lo que la volvían loca; era el grupo; lo que sentenciaban por separado y la fuerza y la pasión con la que lo hacían.

Debería haber previsto su reacción; y de hecho la había previsto. Pero no tan pronto. Su marcha tenía que suceder casi un año más tarde; entonces estaría preparada. Si hubiese ocurrido del modo… planeado… tal vez… ya no la humanidad, pero sí alguna ciudad podría contar con un restablecedor del orden y la justicia hasta el fin de los días cuya vida no fuese una continua sucesión de tormentos como los que había vivido la pobre Sara.

Justicia. Es un concepto hoy en día demasiado subjetivo. Todos diferenciamos sin demasiados problemas el bien del mal, pero en algún momento de esa diferenciación aparecen nuestros propios intereses y el camino teórico de la justicia tiende a difuminarse. Pero es posible traer de vuelta el concepto; no es tan descabellado pensar o imaginar una sociedad que trabaje por el bien común; en todos los sentidos.

Ideas de loco; de soñador. Más si era sincero consigo mismo no lo creía del todo imposible, y le había concedido innumerables horas a tal pensamiento. Había concluido hace años que eran simplemente las ideas de alguien que podía y quería arrimar el hombro en la complicada misión de mejorar el mundo. No todo el mundo, claro, pero al menos sí algún lugar concreto del mundo.

Las posibilidades eran inmensas y la habilidad de Sara, correctamente dirigida, era sin duda la clave para muchas de las soluciones necesarias en la sociedad. Durante considerables noches había fantaseado con ser él mismo el portador de tal don, pero casi prefería que no hubiese sido así: se conocía demasiado como para pensar que podría no caer en la tentación de imponer su propia justicia, olvidando al poco los nobles objetivos de su primigenia y honorable idea. Lo fastidiaría todo. Pero siendo Sara la portadora él se sentía a salvo: podría enseñarle todo lo que él sabía; podría guiarla como ya antes había hecho en el camino adecuado para que ella misma fuese crítica con la sociedad y sus con sus cánceres; crítica incluso con lo que él le enseñaría. Cuando miraba el rostro de Sara estaba convencido de que ella sería la posibilidad de la humanidad; aunque él la abandonase en algún momento; pues en algún momento tendría que hacerlo.

Si él fuese invulnerable…

La simple imagen que su mente proyectaba hacía que le temblasen las rodillas. Enseguida apartó de su cabeza aquellos pensamientos; lo dejaría para más tarde, cuando hubiese de enfrentarse con la verdadera posibilidad.

-En realidad ninguno de nosotros tiene la culpa de su muerte. - Dijo resolutivo. - Sólo somos culpables de que decidiese marcharse. De eso sí.

Iris continuaba con la mirada clavada en el suelo; sus ojos rezumaban pequeñas lágrimas que resbalaban por sus mejillas hasta llegar al cuello de su camisa. Mantenía las manos entrelazadas sobre los muslos, la espalda recta y el cuello inclinado hacia delante.

-Iris; yo…

Pero no sabía qué decir que no hubiese dicho ya al respecto. Al final se había decidido a echarle en cara lo que todavía dudaba que fuese realmente necesario contar. Podría haber mentido; o en todo caso podría haberse callado. Pero tal vez entonces Iris nunca superaría la muerte de la persona más importante en su vida, y tal como estaban las cosas era mejor que lo aceptase de inmediato.

Aferró con fuerza los objetos que descansaban en los bolsillos de su raída gabardina.

Ensimismado en sus propios pensamientos, Sasia apenas se percató de que Iris se había levantado y se alejaba ya del banco en el que se habían estado sentando desde hacía cinco años para presentarle sus respetos a Sara.

-Iris. – Sasia se levantó. – Tengo algo que Sara querría que tuvieses...

Aquellas palabras provocaron que Iris se quedase completamente quieta. Lenta y casi imperceptiblemente giró el cuello para escuchar mejor mientras enjugaba las lágrimas de su rostro.

-Desde que se fue… - Continuó Sasia. – estuvo en muchos lugares. Viajó casi dos años visitando países y aprendiendo de ellos lo que tenían a bien en mostrarle. Pero después de cada viaje volvía a la ciudad; sólo un día. Volvía para verme y contarme lo que había visto. Y preguntaba por vosotros.
-Por qué. – En las palabras de Iris no se percibía el mínimo atisbo de pregunta.
-Siempre… siempre se mantuvo en contacto conmigo. Le aconsejé que no se pusiese en contacto con vosotros; así sería más fácil… más fácil para todos.

De su viejo abrigo sacó un grueso sobre acolchado y una pequeña caja de metal; con gesto cansado acortó la distancia que les separaba y se los tendió a Iris.

-Viejohijodeputa… - susurró sin coger lo que le ofrecía. En su lugar apretó ambos puños y asestó un puñetazo sorprendentemente fuerte en pleno rostro de Sasia, de cuya nariz comenzó a brotar un pequeño hilillo de sangre justo al caer al suelo. Tras levantarse de nuevo con dificultad y recomponerse, con la nariz todavía sangrante volvió a ofrecerle a Iris el sobre y la caja.

-Llévatelo; a casa. Léelo con calma. Y cuando termines deberás abrir la caja; no antes, por favor. Yo estaré en la ciudad una semana; donde siempre; por si me necesitas. Y después me iré; lejos. No volveréis a verme jamás, y dudo que me echéis de menos.

Sasia lo había dicho casi de carrerilla; como si lo tuviese memorizado desde meses atrás pero hubiese omitido ciertas partes justo en el último momento. En cuanto Iris recogió los objetos entre sus manos, los pasos de Sasia comenzaron a llevarlo fuera del camposanto, entre las hojas movidas por el viento y el leve ulular de los árboles.

Sin más, se fue.

-Viejohijodeputa… - volvió a susurrar mientras las lágrimas brotaban esta vez sin control.

Se sentía tan… tan traicionada, tan vejada, tan humillada… Sasia había estado viendo a Sara durante los dos últimos años de su vida; habría hablado con ella; habría paseado; habría discutido; la habría aconsejado; habría sabido cuales eran sus preocupaciones y temores, sus deseos y sus esperanzas. Y en todo ese tiempo no había recibido noticias de ella. Un simple “estoy bien” habría valido; una carta, una nota, un mensaje… cualquier detalle por pequeño que fuese habría sido una tabla de salvación para ella. Pero prefirió seguir el consejo de Sasia.

Dejó caer el sobre y tiró la caja con aires cansados; se volvió y dirigió sus pasos hacia la salida del cementerio. Ya no quería saber nada. Absolutamente nada. Por primera vez en cinco años Sara comenzaba a estar completamente muerta para ella.


martes, 12 de enero de 2010

::CAPÍTULO 2 - PARTE 2::


-Me alegro de verte; aún dadas las circunstancias.
-Y yo estoy sorprendida.

Ambos continuaron camino lentamente a lo largo del cementerio, dirigiendo sus vagos pasos hacia la lápida bajo la cual descansaba para siempre el cuerpo de Sara; los restos de la querida y atormentada Sara que tanto añoraban.

Aquella reunión… y la sensación vacua y fría que provocaba en su interior al comprobarse de nuevo al lado del causante de los males de Sara era cada año más insoportable. Y de nuevo Iris, como siempre, prometió que aquel sería el último. ¿De qué servía intentar buscar respuestas a preguntas que nadie parecía entender? ¿Cómo llegar a comprender que alguien como Sara estaba muerta, fuera de sus vidas, para siempre?

Notó la mano del anciano posada con ternura sobre su hombro; y con un leve gesto la apartó.

La mañana continuaba igual de fresca y una ligera brisa comenzaba a levantarse, pero Iris sólo sentía desazón por no haber estado preparada para el encuentro. Sasia la había abordado esta vez justo en la entrada de los terrenos de la Iglesia, a diferencia de otros años, y la había cogido totalmente por sorpresa. Todavía tardó un par de minutos en recomponer su mente y regresar a la realidad del presente, de un presente sin Sara y con Sasia.

Sin Sara…

De repente notó cómo las lágrimas comenzaban tímidamente a brotar de entre sus párpados semiabiertos. En pocos segundos no podría mantenerse en pié y poco más tarde perdería la poca calma que todavía era capaz de mostrar. Tenía que serenarse; mantenerse firme.

Tras años sin saber nada de ella, un día como otro cualquiera Sasia llamó por teléfono. Su voz sonaba apurada y entrecortada, y apenas unas palabras salieron de entre los labios de viejo vagabundo: “Está muerta, Iris; Sara está muerta”

-Te sorprende que siga vivo. – Consideró Sasia. – Pero no debería extrañarte. Debería haber muerto hace muchos años, cierto; debería haber muerto casi antes de haberos conocido. Pero entonces me encontré con ella y…
-Sasia; por favor. – Cortó Iris tristemente cansada. - No me importa por qué crees que sigues vivo ni cuando creas que vas a morir.
-Por supuesto. - Sasia miró apesadumbrado hacia sus vacilantes pasos. – Has venido a lo que has venido.
-Exacto: a presentar mis respetos a la persona que más quise en este mundo y a escuchar lo que tengas que contarme sobre ella.
-¿Lo sabe Valentín? – Añadió. - Que Sara sigue siendo más importante.

Iris frenó en seco sus pasos y lanzó una aviesa mirada hacia la torva sonrisa de Sasia.

-Lo único que aquí importa es lo que tú sabes.

Sasia seguía siendo toda una incógnita para ambos; tras tanto tiempo con ellos, desde la desaparición de Sara pareció perder interés en todo lo que no fuese única y exclusivamente la propia Sara, por lo que su relación con Iris y Valentín fue perdiendo tanto familiaridad como cercanía. Poco a poco dejaron de verse tanto como antes; poco a poco dejaron incluso de llamarse; y al año apenas había contacto alguno. De hecho no estaba ni siquiera segura de que Sasia hubiese pasado aquel tiempo en la misma ciudad que ella.

Por supuesto la cercanía de Valentín fue un punto clave no sólo para intentar superar de la mejor forma posible la desaparición de su eterno amor, sino también para pasar página en todo lo relacionado con ella; y eso incluía de manera poderosa al anciano que simulaba una cojera que estaba casi segura no tenía. Desde sus contactos y amistades, Valentín intentó infructuosamente descubrir algo, lo que fuese, del pasado de Sasia: quién era en realidad, dónde había nacido, dónde y con quién se había criado, quienes eran sus padres, si tenía hermanos o no, si tenía algún familiar por lejano que fuese… movió más hilos e intentó conocer los datos más aparentemente irrelevantes de su vida: si tenía cuenta corriente, seguro médico, propiedades, rentas, deudas… incluso llegó a conseguir poner un par de hombres en las calles durante un par de meses con el único objetivo de preguntar por la ciudad y alrededores sobre el viejo: qué lugares frecuentaba, dónde comía, dónde cenaba, quien era el dueño de la pensión en la que dormía, a quién visitaba, con quién hablaba…

Tras la búsqueda se encontraron en la misma situación que al principio: no sabían nada realmente trascendente sobre Sasia; nada… revelador. Era un ciudadano más, como cualquier otro, con un par de multas de hace décadas y una vida bastante nómada.

-Será mejor que te sientes.

Las palabras de Sasia casi resbalaron desde sus labios e Iris apenas tuvo tiempo para pensar; se sentó al poco en el banco de piedra desde el cual podía apreciarse a escasos metros la tumba de Sara.

Sin embargo, si algo sabía de Sasia era su patente consideración como un analítico animal de costumbres; no solía dejar nada al azar, no solía cambiar lo previamente planeado y sobre todo no solía acalorarse o dejar que los nervios revelasen su verdadero estado de ánimo.

Lo poco que Iris podía leer en su rostro, aún siendo prácticamente insondable, no era precisamente calma o sosiego.

Y entonces se dio cuenta; se dio cuenta de que no la había esperado sentado en el banco sino que había incluso salido del cementerio para encontrarse en su camino y recorrer juntos la distancia que les separaba de su objetivo por aquel día. Y para ello tenía que existir una razón.

Sasia sabía algo; y ojalá fuese la causa de la muerte de Sara. Comenzaba a cobrar sentido intentar buscar respuestas a preguntas que nadie parecía entender; empezaba a esperar comprender que alguien como Sara estuviese muerta, fuera de sus vidas, para siempre. Iris había sufrido muchísimo la pérdida, y aún a pesar del inmenso dolor que había experimentado y el que podría llegar a soportar, quería… deseaba… necesitaba saber qué había sucedido, quien lo había hecho y sobre todo de qué modo le había sido arrebatada la vida a su eterna y amada Sara. No podía evitar desear conocer el destino que había vivido su amor por mucho que volviese a arriesgarse a sufrir lo indecible.

-Sasia. – Comenzó a decir Iris mientras masajeaba lentamente las sienes. – Como ya supones Valentín no vendrá; y esta vez no pondremos ningún tipo de excusa estúpida.
-No le culpo; me odia. – escupió. – Pero han pasado ya cinco años desde la muerte de Sara, y esté presente Valentín o no, hay ciertas cosas que no deben permanecer encerradas; al menos no durante más tiempo.

Mientras hablaba no dejaba de mirar la lápida. Sus manos se movían nerviosas a ambos lados del cuerpo, en los bolsillos, como jugando con algo. Sus pies, distraídos, cambiaban el peso del cuerpo de un lado a otro. Así que al final aquel viejo vagabundo sabía algo. La espera se haría interminable, pero siempre era mejor no precipitar la situación si se quería acabar escuchando lo que Sasia tenía que contar.

Iris se conformó con apretar los puños, también en los bolsillos, y esperar pacientemente que continuase.

-Ella te quería mucho; muchísimo. – prosiguió. - Tanto que incluso dudo que sepas realmente cuanto. Lo habría dado todo por ti, a pesar de que su cuerpo no era capaz de sentir todo lo que podías ofrecerle y a pesar de que eras tú misma la que de manera más cruel la hacía sentir diferente y apartada. – Sus ojos se desviaron brevemente buscando los de Iris, tal vez para comprobar qué reacción podía esperar de ella tras aquellas duras palabras. – Si tanto la querías… ¿Por qué día tras día la instabas a compartir su don con los demás? ¿Por qué la presionabais tanto?
-¿Pero cómo te atrev...
-¡Me atrevo! – cortó de inmediato. - ¡Claro que me atrevo! ¿Por qué crees que opté por equilibrar la balanza? ¿Por qué crees que me veía obligado día tras día a recordarle que su habilidad era sólo suya? ¿Sabes acaso cuanto llegué a sufrir con ello? ¡Su voluntad era ya lo suficientemente pura como para llegar a las mismas conclusiones que vosotros de manera más pausada dada su enorme responsabilidad! ¿Acaso no puedes llegar a imaginar el peso que soportaba sobre sus hombros? La teníais sometida a demasiada presión… Valentín con su moral social extrema; tú con la obsesión del por qué y del cómo… - de repente bajó sensiblemente el tono de sus palabras. - Y encima se os ocurre la brillante idea de regalarle una suerte de disfraz de payaso… - terminó por murmurar.
-¡Sólo era una broma! – Tartamudeó. Iris no salía de su asombro y apenas podía pronunciar palabra. – para… para quitarle hierro al asunto; para hacerla reir… para que lo viese todo como…
-Valiente estupidez. – Volvió a cortar.
-¡Pero bueno! – Iris no pudo evitar levantarse del banco y dirigir una amenazadora mirada hacia Sasia. - ¿Has venido hasta aquí para culparme de la muerte de Sara? ¿Pero qué derecho crees que tienes…
-Mírame a los ojos y dime que no tengo razón. - Sasia se había levantado hasta situarse frente a Iris y la agarró con fuerza por los brazos. – Dímelo; dime que no pudiste haber hecho algo más por ella; por su situación. Dime que no pudiste haberla hecho un poco más feliz limitándote a quererla sin juzgarla.

Aquellas palabras cayeron como un jarro de agua fría sobre la desconcertada y enmudecida Iris.

-Lo siento, pero tenía que decírtelo.

Sasia volvió a sentarse en el banco con la intención de dar a Iris el suficiente tiempo para pensar y asimilar lo que acababa de escuchar. Sabía que habían sido muy duras palabras pero consideraba que dadas las circunstancias su reacción no había podido ser más comedida, pues en realidad, a sus ojos, habían sido Iris y Valentín los detonadores de una situación que se había esforzado enormemente en equilibrar.

Aunque, en realidad, también él había fracasado, pues no había sido capaz de restaurar el ánimo de la pobre y dulce Sara.

domingo, 20 de diciembre de 2009

:.CAPÍTULO 2 - PARTE 1::



-¿Estás bien? ¿Quién era? – Dijo en tono cauto Valentín mientras se quitaba el uniforme. Iris acababa de colgar el teléfono de la mesilla y volvía a dejar caer su cuerpo cansado en la cama al tiempo que se llevaba las manos a la cara con un gesto abatido.

Siendo tal día como aquel, a horas tan tempranas, y a pesar de la obligada pregunta, Valentín sospechaba… conocía perfectamente la respuesta. Había llamado Sasia; como el año pasado y como los cinco anteriores. Como cada vez desde que habían conocido la noticia de la muerte de Sara.

-Era Sasia. – Respondió Iris al fin. – Quiere quedar con nosotros en el cementerio...
-Entonces hoy es el día…
-¿Lo habías olvidado?
-No… - se apresuró a responder. – Simplemente… Ya sabes: todavía me cuesta aceptarlo. Se fue de nuestras vidas hace ocho años, pero todavía… todavía…
-Lo se. – Iris abrió la ropa de la cama invitando a Valentín a entrar. – Todavía crees que aparecerá por la puerta en cualquier momento.
-¿Qué crees que diría?
-¿De lo nuestro? – Respondió Iris. Valentín ya estaba en cama con ella, como cada noche de los últimos treinta y siete meses, y también como siempre la abrazó con infinito amor y cariño. – Siempre me preguntas lo mismo. Creo que siempre supo… que tú y yo podríamos… que nos complementaríamos, de algún modo.
-Yo creo que siempre supo que me gustabas. Y después supo que te quería. Por mucho que intentase quedarme lejos de ti o por mucho que me esforzase en disimular lo que sentía creo que… o bien no supe ocultar mis deseos o…
-Déjalo… - Susurró iris mientras separaba lentamente su cuerpo de su marido. – Diría que siguiésemos con lo nuestro como si ella no estuviese, que es precisamente lo que tenemos que hacer. ¿Vendrás?
-No.

La apresurada y casi entrecortada respuesta de Valentín se repetía año tras año. Culpaba a Sasia de la marcha de Sara y por supuesto de su muerte. Todavía no podía entenderlo: la había visto avanzar impasible ante miríadas de proyectiles que chocaban contra su aparentemente frágil cuerpo; había comprobado cómo la contundente caída desde una altura de más de cuarenta pisos no fracturaba todos los huesos de su evidentemente inquebrantable físico; había presenciado de qué manera su piel no se rasgaba lo más mínimo ante la imponente y violenta fuerza de una barra de acero golpeándola en pleno rostro. ¿Cómo podía haber muerto?

Todavía se sentía incapaz de admitirlo.

-¿Sabe Sasia cómo…
-No. – Cortó Iris al instante. - O al menos eso dice. – Decidió levantarse definitivamente de cama. - Asegura que no tiene ni idea de cómo murió. ¿Vendrás esta vez?
-Sabes que no puedo… - Valentín observó vestirse a Iris mientras se quedaba inerte sobre la cama y terminaba por clavar la vista en el techo. – No se qué haría si volviese a verlo. Iré mañana por la noche.
-Como quieras. Pero el que Sara decidiese marcharse no fue culpa suya, y hasta donde se tampoco su muerte. Sólo fue culpa de la propia Sara.

Incluso sus propias palabras le resultaban extrañas. Ni ella se las creía.

Abrió la ventana de la habitación y el frío de la mañana inundó la estancia moviendo las largas cortinas y despertando sus sentidos.

Todos los años mantenían una conversación similar, y también como todos los años acabarían discutiendo y durmiendo en camas separadas al menos un par de días, hasta que ambos admitiesen que era absurdo discutir; que había cosas que era imposible cambiar; que Sara se había ido para siempre. En cierto modo ninguno de los dos admitía que no prefiriesen el destino que compartían; sospechaban incluso que en parte la desaparición de Sara había sucedido en un momento en que su relación se estaba estancando, el amor de Valentín crecía día tras día y la presión de Sasia disminuía, cada vez más, diluida entre la obsesión de Sara y sus propias indecisiones.

Valentín se levantó de nuevo y la abrazó; acercó su mejilla a la mejilla de Iris y apretó con tanto ardor como suavidad su esbelta figura mientras susurraba a su oído palabras de perdón. Ambos sentían la fría brisa que envolvía sus cuerpos aquella mañana despejada.

No hicieron falta palabras. Iris besó a su esposo con dulzura, terminó de vestirse y salió de casa con la intención de llegar al cementerio no demasiado pronto.

Prefería que Sasia estuviese allí antes de que ella llegase. Eso le daría tiempo para prepararse mentalmente; tiempo para afrontar una conversación con aquel que había supuesto el punto de inflexión en su vida y en la vida de Sara. Si ya estuviese allí Sasia ella no lloraría: se centraría en la conversación y en las palabras que brotarían de sus labios. Intentaría llevar los recuerdos hacia lugares en los que no sufriese demasiado.

Y por otro lado casi prefería que Valentín no la acompañase. A pesar de que el cementerio estaba considerablemente lejos siempre salía con el suficiente tiempo para ir andando, y pensar en compartir ese lapso con Valentín era algo que con seguridad no podría soportar. Sara y ella habían compartido tantas cosas durante tanto tiempo… que se veía en la obligación de reservar aquel largo paseo para recordarla y volver a vivir las memorias de su vida pasada.

Mientras caminaba ausente atravesando el parque volvía a recordar cómo se habían conocido, cómo comenzaron a quererse y cómo desapareció de su vida; cómo descubrieron su habilidad (Sara siempre la llamaba “habilidad”) y cómo se preocupó por el cambio de actitud de Sara; se acordó de cómo habló con Dora y de cómo Sara volvió a ser sólo en parte como antes era; recordó su primer beso y su primera noche de pasión; su primera cena y su primer abrazo. Volvió a vivir el momento en que decidieron pasar juntas el resto de sus vidas y sobre todo recordó los innumerables días de felicidad.

Pero también, como siempre, volvieron los malos momentos; la obsesión de Sara por su invulnerabilidad, la violencia inhibida que explotaba poderosamente en los rincones más oscuros de las calles y de manera completamente injustificada; las palabras de Sasia instando a Sara a permanecer hierática ante la injusticia y la presión de Valentín reclamando su ayuda ante la crueldad inherente al ser humano. Y luego estaba ella: Iris. ¿Habría acabado siendo algún tipo de influencia?

Tras atravesar el parque siempre intentaba despejar su cabeza unos instantes; sorbía un poco del café ya tibio, se detenía al lado de la última higuera y proseguía su camino hacia el camposanto.

El día que Sara decidió marcharse aparecía siempre entre tinieblas, medio difuminado por las lágrimas que habían brotado imparables de sus ojos, medio diluido por el dolor que sintió durante días, semanas, meses, años… y por el dolor que todavía sentía. Por eso no lo recordaba tan bien como habría querido. De hecho le encantaría volver a vivirlo, volver a padecerlo, volver a sufrirlo… Porque significaría que sólo un momento antes Sara había estado en aquel salón; que todavía podría intentar convencer a Sasia de que le dijese dónde encontrarla; incluso significaría que podría despertarse un poco antes por cualquier azar y encontrarla todavía en casa. Podría incluso convencerla de que no se marchase; y tal vez lo conseguiría. Significaría que esta vez lo habría intentado todo; que habría hecho todo lo que no se había atrevido a hacer en el pasado... Significaría que habría suplicado que no se marchase.

Aquel día, el día que Sara se marchó, una parte de Iris se fue con ella; la parte más importante, en realidad, pues nunca había vuelto a sentir por nadie lo mismo que había sentido por ella.

Recordó mientras rodeaba la verja del cementerio cómo se había dado cuenta de que no sólo Sara no estaba en casa aquella mañana, sino de que no regresaría. Recordó cómo tardó en aceptarlo; cómo desayunó sola esperando escuchar el ruido de las llaves de Sara entrando en la cerradura; cómo se levantó, salió de casa y avisó a Valentín; cómo salieron a buscarla; cómo encontraron a Sasia en su pensión de la zona industrial y cómo había fingido sorpresa cuando le dieron la noticia.

-¿Iris? – Escuchar su nombre la había devuelto de manera brusca al presente, y sólo acertó a responder lenta y fríamente con otro nombre.
-Sasia.


viernes, 18 de diciembre de 2009

::CAPÍTULO 1 - PARTE 10::



No dijo nada ni siquiera cuando salió por la puerta.

Imagino que piensa que ya he tomado una decisión, que ya se qué hacer con mi vida; pero está completamente equivocado. En el gimnasio tengo fama de tenaz; en el edificio tengo fama de borde; en el barrio de problemática, en la cafetería de amable, en la escuela de comprensiva, en el bar de habitual, en la biblioteca de rara, en la facultad de rara, en el mercado de intransigente, ante la ofensa de violenta, frente a la autoridad de recelosa, en la religión de agnóstica, en la política de resentida, en la cama de insensible, en la filosofía de escéptica…

Siendo como soy o como creo considerarme, con todos los problemas, preocupaciones, dudas y prejuicios que ostento… ¿Con qué cara puedo decirle a la gente lo que debe o no debe hacer? ¿Con qué derecho debo inmiscuirme en el natural devenir de los acontecimientos? ¿Con qué base puedo considerarme protectora de los desamparados?

No soy una justiciera, por si lo piensa alguien; ni siquiera… ni siquiera creo ser la figura que cualquier otro quisiera ser.

Alba era una señora muy muy mayor cuando murió. Vivía en el tercero Izquierda y de algún modo sospecho que el señor Vulnus era suyo. En todo caso siempre fue una señorita muy amable y cortés, y cuando se enteraba (quién sabe cómo) de que Iris o Valentín estaban enfermos, insistía en prepararnos un consomé y comidas varias para fortalecer el cuerpo y sanar pronto (palabras textuales). Nuestra relación nunca fue más allá, pero a cambio, cuando la veíamos esforzada subiendo la escasa compra semanal intentábamos echarle una mano; y cuando los demás vecinos le achacaban demencia senil o hablaban mal de ella en nuestra presencia no les quedaban ganas de volver a hacerlo.

Insisto en que nuestra relación con ella nunca fue más allá; y de hecho nunca tuvimos conocimiento de que estuviese tan enferma. Hasta que murió.

En el tercero viven ahora unos jóvenes que están ocupando la casa; desconozco si alguno de ellos era familiar de Alba o si ocuparon la vivienda. A veces hacen asambleas en las que pretenden encontrar el modo de solucionar los problemas del mundo entre buenas ideas y voces subidas de tono. Sasia fue de vez en cuando a alguna de esas reuniones simplemente a escuchar; imagino que en ocasiones tiene cierto interés por comprobar si es posible escuchar algo nuevo y diferente, pero siempre se encuentra con lo mismo.

Sin embargo, aunque Sasia no está de acuerdo con las ideas de estos jóvenes, sí le llamó poderosamente la atención la cantidad de energía que desplazan (que “gastan inútilmente”, según él) hacia proyectos o ideas o intervenciones destinadas a mejorar la sociedad; intervenciones en las que aparecen fundamentalmente las palabras “ayuda” y “compartir”: Consideran con vehemencia que si alguien desarrolla un don o perfecciona un conocimiento debe hacerlo extensible a los demás.

Esta debe ser la premisa que más veces he escuchado desde que tengo cierto conocimiento del mundo que me rodea. Es precisamente esta la opción más “políticamente correcta”, la que todo el mundo proclama; la que se da por hecho que sucede en todas las ocasiones, pero la que muy pocos demandan y consuman desde la verdad y la sinceridad.

Ellos sí lo hacen: se esfuerzan tremendamente en ayudar a la sociedad a recuperar valores en su mayoría perdidos. Por lo que me contó Sasia no tienen mucho que hacer frente al sistema social establecido, pero no pierden la ilusión de cambiar las cosas; aunque sea de manera individual; aunque sea a un nivel ínfimo.

No hace mucho, en la parada del autobús que me deja cerca de casa y que sale desde la zona industrial, asistí finalmente perpleja a una conversación mantenida por dos… adolescentes (no pasaban de los veintipocos) sentados en la parte de atrás. En la charla hacían mención a alguien en particular que había hecho nosequé a nosequién en el centro comercial; una especie de paliza abusiva y sobre todo (aunque no únicamente) de palabra, pero además tocaban muchos y muy reveladores temas relacionados con quien tiene derecho a qué con quién en cuanto a insultar, pegar, vejar, mandar, obligar… desde su propia perspectiva de la vida.

En otras conversaciones de veintimuchos la cosa no cambia demasiado; y con gente de más edad (treinta y pocos) la cosa cambia ligeramente: les gustaría imponer sus gustos, consideraciones, opiniones e ideas a golpe de fuerza; en su mayoría.

Los más adultos se cargarían a tres cuartas partes de la sociedad (sobre todo a los jóvenes), harían una tábula rasa y punto. En general.

Por lo que acabé concluyendo de lo que escuché en aquella ocasión y en muchas más, a los jóvenes les encantaría ser indestructibles, invulnerables, inmunes, y muchos de ellos se lo creen de verdad. Si alguien es maleducado con ellos les gustaría darles una lección y dejar claras las cosas. Me interesan sobre todo aquellos que dejarían con vida a los imbéciles, sobre todo para darles la opción a recapacitar y cambiar.

La verdad es que es tentador.

Mucho.

Valentín dejó hace un mes un par de números de teléfono sobre el mueble de la entrada, y pocos días después fue Iris la que sacó de nuevo el tema: al parecer habían decidido que era preciso que alguien me ayudase a comprender qué sucedía exactamente con mi cuerpo; con mi invulnerabilidad; con mi… tara. Al principio apenas quise sopesar que ambos detalles estuviesen relacionados, pero al parecer tanto Valentín como Iris han llegado a la conclusión de que debo ponerme en manos de alguien que pueda ayudarme a entender.

Una semana después fueron de nuevo ambos, esta vez juntos, quienes insistieron en hacerme ver la acuciante necesidad de confiar mi secreto a alguien más; alguien que pueda atisbar que sucede a nivel microscópico con mi habilidad. Y lo único que han conseguido de momento es hacerme sentir incómoda cada vez que estoy con cualquiera de los dos, bien juntos o por separado; la ansiedad que experimento… el miedo a que el tema salga de nuevo a la palestra hace que siempre que pueda me busque una excusa, la que sea, para estar sola en cualquier otro lugar. Cualquier cosa antes que verme obligada a responder a sus preguntas; a sus inquietudes. Y esta presión hace que me sienta cada vez peor. No entienden que llevo demasiados años enfrentándome a lo desconocido y estoy cansada: prefiero aceptarlo, aún con reservas, y olvidarlo en la medida de lo posible.

Entiendo su preocupación, por supuesto, puesto incluso afirman sin equivocarse que de un tiempo a esta parte mi carácter ha cambiado; y no para mejor. Yo se que no soy feliz, y ellos sólo lo sospechan. Opinan que tal vez si dejo que me ayuden pueda volver a ser la de antes. Lo se. Pero… a sabiendas de la razón que ambos tienen no puedo evitar intentar deshacerme de la molestia que implica enfrentarme al problema.

Dos semanas después eran diarias las discusiones que teníamos, y desde hace ocho días no dormimos juntas. Me duele, claro, pero se que Iris me echa de menos mucho más que yo a ella. Al fin y al cabo nunca he sentido los abrazos que me regalaba al caer la noche ni los besos con los que me obsequiaba al empezar un nuevo día.

Hoy hemos vuelto a discutir, y cuando Iris me insultó no me sentí en absoluto invulnerable; al menos no tanto como para no notar su frustración y mi vergüenza. Sentí dolor.

Falta apenas una hora para que salga el sol y duerme todo lo plácidamente que puede tras nuestra fuerte y última discusión. Al parecer ya no soporta mis constantes dudas, mis titubeos, mis vacilaciones, mi dependencia, al cabo, de lo que puedan pensar los que están cercanos a mí. Si no puedo tomar mis propias decisiones sin que Valentín o Sasia estén presentes acabaré pidiéndoles consejo sobre si mi relación con ella es viable en mi vida; si me sigo moviendo por impulsos sin un camino al menos mínimamente trazado tal vez ella sea simplemente otro impulso más. Que si no soy feliz con mi vida debo cambiarla cueste lo que cueste; aún a pesar de ella.

Que para ser una persona que no sabe nada acerca del dolor soy capaz de dañar a los demás con demasiada facilidad.

No creáis que no respondí; que no le hice ver, como tantas otras veces, que no había lugar para la determinación en mi vida; que si no dejo que aquellos que más quiero me aconsejen no seré capaz de afrontar con mínimas garantías las consecuencias de mis actos; que debo estar totalmente segura de cual ha de ser el paso a tomar porque no existe ninguna guía para asimilar con garantías lo que cargo en vida y debo estar preparada para llegar al límite; al que me enfrente: Porque sea el que sea será posiblemente un paso definitivo sin segunda oportunidad, y eso le cambia el carácter a cualquiera.

Algunas cosas quedarán en el camino y otras podré llevarlas conmigo. Pero todo será distinto; para bien o para mal.

No seré la misma de antes ni seguramente querré serlo.

Intento evitarlo, pero siempre que pienso en todas las personas a las que he matado sólo quiero acurrucarme en alguna esquina. Deseo tanto sentir un abrazo que sólo puedo sollozar desconsolada mientras pienso y me veo incapaz de entender cómo me es posible quitarle la vida a alguien; no entiendo qué ha sucedido para que me convierta en una asesina… en una escoria… en un deshecho extraño.

Bien pensado… cada vez que golpeo a alguien siento como si pudiese dar rienda suelta a la soledad que padezco, al dolor de alma que soporto, a la ira y a la desolación; al pesimismo y al desamparo que me envuelven. Cada vez que eso sucede muere alguien, y cada vez que alguien muere vuelvo a sentirme igual de mal. Nadie, ni la peor de las personas sobre la faz de la tierra, tiene la culpa de lo que me sucede, de lo que soy o de lo que seré. No tienen porqué pagar un precio que no han marcado por crueles que sean ni puedo cambiar por mucho que quiera lo que el ser humano es en realidad: un ser mucho más abyecto y oscuro de lo que yo soy.

A pesar de mis palabras no creo que exista otro camino, pero tampoco quiero que mi vida se convierta en una mala película de acción, amor y venganza. Sólo quiero una vida normal. Como la de todo el mundo.

En parte es por Iris por quien estoy escribiendo esto. Porque hoy tiene que cambiar mi vida y porque la suya también va a cambiar.

A pesar de que Sasia se opuso desde el principio y radicalmente a la participación de mi habilidad en el transcurrir de los acontecimientos que pertenecen a otras personas, tengo que admitir que cada vez aprecio menos apremio y tensión por su parte; menos énfasis en sus palabras, como si ni él mismo creyese lo que dice. Bien puede ser que sea yo misma la que quiera ver lo que creo ver, pero estoy… casi convencida de ello.

Acaba de amanecer.

Lo siento, Iris; lo siento muchísimo; de verdad.

Pero tengo el traje que me regalaste… y no necesito nada más.


miércoles, 16 de diciembre de 2009

::CAPÍTULO 1 - PARTE 9::



En los últimos años me ha dado por comprar libros y cómics en los que aparezcan personajes invulnerables; que posean una inmunidad física lo más parecida posible a mi invulnerabilidad. Y he encontrado un poco de todo. La mayoría de los personajes poseen más de una habilidad, ninguno se dedica simplemente a “existir” sin intervenir en esta o aquella situación, y nunca (o casi nunca) son representados los inconvenientes cotidianos de sus… poderes. En cuanto a los orígenes, o más bien, en cuanto al momento de su estreno como héroe o villano (no ya cómo consiguieron sus habilidades, sino cómo decidieron tomar partido por un bando u otro) suele suceder una situación límite que los… obliga, en cierto modo, a actuar.

Ninguno es neutral, al menos de entre los que tengo conocimiento. Ninguno se dedica simplemente a convivir de manera ausente con respecto a sus poderes en la sociedad.

Qué debo hacer…

El traje es azul oscuro, casi negro. A ambos lados, en brazos y piernas, tiene… ¿Recordáis la película “Juego con la muerte”? Valentín la ha visto docenas de veces; en ella Bruce Lee lleva un traje amarillo con unas líneas negras que resbalan por los laterales. Es muy parecido, pero en lugar de amarillo es casi negro y las rayas son rojas; y es todavía un poco más ajustado…vaya; creedme. Al parecer lo diseñó Iris con la ayuda de Valentín y lo encargaron a medida; imagino que parte de las caricias a las que me sometió Iris durante los meses previos al cumpleaños fueron (en parte) destinadas a comprobar de la manera más fidedigna posible la medida de mi atlético cuerpo. Unas botas altas y recias del mismo color y unos guantes del mismo estilo se encargan de aportar un poco de seriedad… (me… me parece increíble estar usando esta palabra)… al conjunto. La cabeza queda recubierta enseñando únicamente parte del maxilar inferior, labios y mejillas. El cabello largo habrá de ser tensado y recogido en una coleta que sale por una abertura situada en la parte trasera de la máscara. A mayores, una suerte de abrigo muy largo y con capucha amplia cubre casi todo lo descrito.

Me lo probé casi un año después de que iris me lo regalara. Dos minutos más tarde estaba en la basura, y tras dos horas de indecisión terminó en la lavadora.

Suena a chiste; a chiste malo.

Sasia no quiere ni oír hablar del asunto; hace como que el tema no ha surgido cuando le pregunto su opinión al respecto y mantiene inalterable el tipo de conversación que solemos tener a menudo. Y lo más curioso es que no esperaba menos de él.

A veces me descubro paseando por la calle (por esta o por aquella, no importa) haciendo todo lo que la gente no se atreve a hacer en este barrio. Actuar de este modo me ha enseñado muchas cosas, y una de ellas es que en verdad “perro ladrador poco mordedor”: Si los indeseables ven decisión y autodeterminación en tu mirada serán ellos quienes la aparten. Pero es peligroso hasta cierto punto: es mejor no hacerlos caer en el ridículo delante de sus vasallos, pues buscarán la forma de restaurar su poder. Esto lo he aprendido a fuerza de experimentación, y más de una vez algún jefecillo de tres al cuarto se vio en la tesitura de restituir su mandato y/o imagen y reputación tras una breve reunión improvisada conmigo. Más de una vez y con distintos capullos.

Si alguien insulta gratuitamente a otro en mi presencia; si soy testigo de una falta de respecto y educación flagrante; si veo a indefensos asolados por gilipollas sin sentimientos… me pongo de los nervios; no puedo evitarlo. Y ahí está Sasia, para tranquilizarme y guiar hábilmente mi dura mirada hacia otro lugar.

Cierto día fue Valentín quien me acompañó hasta el gimnasio aprovechando su semana libre; casi siempre que Valentín está conmigo significa que en realidad desearía estar con Iris, pero él más que otros es capaz de resignarse y reservar lo máximo posible sus sentimientos para no interferir en las vidas de los demás; sobre todo si esos demás son sus mejores amigos. Sería la pareja perfecta para Iris, creo; incluso yo, bajo su influencia, me siento mejor persona. Aquel día que vino conmigo hasta la puerta del gimnasio presenciamos antes de llegar una estampa habitual por descortés y humillante: unos adolescentes estaban riéndose de una joven y cortándole el paso simplemente por diversión; valientes cobardes.

Valentín les llamó la atención desde la otra acera simplemente para calcular qué impresión tendrían aquellos chavales ante alguien adulto. Ni caso, como era de esperar: recibió como única respuesta un desagradable (y en verdad gracioso) gesto obsceno que provocó que mis labios exhibieran sutilmente una ligera sonrisa. No me entendáis mal: a pesar de estar molestando a la chica sólo eran unos críos; y me reí del gesto de uno de ellos, no de la situación. El asunto estaba solucionado exactamente un minuto después.

Insisto: no sé por qué no podemos llevarnos todos un poco mejor.

Cuando estaba en cuarto curso de Bellas Artes teníamos un profesor que parecía disfrutar subyugando a los alumnos que no lograban alcanzar los conceptos básicos. E incluso a aquellos que sí los alcanzaban pero no eran capaces de crear algo lo suficientemente serio como para poder salir ya al mercado artístico. “¡Sólo un uno por cien de los que os licenciéis llegaréis a vivir del arte!”, bramaba, “¡Y sólo os licenciáis un setenta y dos por ciento de los que os matriculáis. Yo soy un filtro; uno más; y mi objetivo: decir adiós a los no válidos cueste lo que cueste!”

¿Acaso son las únicas herramientas de un maestro el insulto y la degradación? ¿Cómo tratará a su propio hijo? A su mujer; a su madre. A un desconocido.

Adivinadlo: de manera sorprendentemente cortés, educada y respetuosa. De hecho fue una de las mejores personas que conocí en la universidad. Su actitud era su armadura, y sus palabras la forma de incentivar a sus queridos alumnos. Le costaba horrores mantener ese antifaz frente a los jóvenes aprendices, pero había llegado a una conclusión debido a su experiencia: para él era la mejor manera de inculcar respeto por el arte porque así lo había aprendido.

A través del miedo se consigue habitualmente más que por medio de otros valores o circunstancias; la gente responde a la intimidación por regla general de modo sumiso y afónico. Estas reacciones suponen un crecimiento del poder (y del ego) que posee la persona que intimida a su semejante. Por otra parte, las razones primigenias que llevan al ser humano a utilizar el miedo como herramienta (dejando de lado el hecho de que es una herramienta de control muy efectiva) suelen derivar de determinados traumas infantiles; si se ha crecido con el modo de vida del miedo es muy probable que éste sea el ejemplo a seguir en la vida. Por supuesto no siempre es así, pero la mayoría de las veces amedrentamos a otros porque ha funcionado previamente con nosotros mismos.

En el colegio no soportaba a los abusones; a aquellos chicos y chicas más mayores que habían olvidado demasiado pronto que ellos también habían sido pequeños. Y a pesar de que años más tarde mi vida fue ocupada por otro tipo de preocupaciones últimamente no dejo de darle vueltas al asunto; ya sabéis; lo de siempre: si debo permitirlo o no.

Y entonces me acuerdo de Iván: el matón del recreo. Recuerdo cómo defendí a Iris de sus insultos y empujones; de cómo me puse delante de ella sin decir palabra; de cómo comenzó a tomarla conmigo en uno de los recodos del patio; de cómo me empujó y me levanté; de cómo me volvió a empujar y de cómo me volví a levantar; de cómo me abofeteó y empujó hasta que mi cabeza golpeó la esquina del banco.

De cómo volví a levantarme; de cómo se sorprendió. Pero sobre todo de cómo lloraba de impotencia mientras me pegaba una y otra vez sin poder hacerme daño y de cómo sus amigos comenzaban a reírse de él hasta que apareció uno de los profesores y terminó por separarnos.

No hace mucho Sasia se dejó ver por casa; Iris no estaba en aquellos momentos y aproveché para regalarle un nuevo libro. Bueno; casi: un cómic. Más bien varios.

Los abrió tácito y ojeó por encima las ilustraciones; pasó de un cómic a otro durante unos diez o quince minutos sin decir absolutamente nada, simplemente bebiendo a pequeños tragos y a intervalos regulares el caldo que tenía preparado para él.


domingo, 13 de diciembre de 2009

::CAPÍTULO 1 - PARTE 8::



En el primer año de universidad, un año antes de la muerte de Dora y nueve después de la muerte de León, Eva y Aquiles, debería haber perdido mi virginidad. ¿Adivináis por qué me fue imposible? Según Iris es un dolor… muy variable; pero un dolor que nunca experimentaré, en todo caso. Como todos los demás.

Puede que no haya sido la comparación más adecuada pero… con esto quiero decir que cuando alguien habla de la invulnerabilidad lo hace siendo poco o nada consciente de todas las implicaciones que pueden verse aparecidas en la vida cotidiana tal y como todos la entendemos. A veces, esperando un autobús o paseando por el parque, escucho hablar a jóvenes de cómics y partidas de rol; aluden a la invulnerabilidad de este o aquel, quienes la aprovechan para hacer el bien o el mal, pero no piensan en los inconvenientes. Lo entiendo, como ya dije, y entiendo el valor intangible de la palabra en ciertos contextos; pero deberían verme: una superheroína virtualmente invulnerable que todavía es virgen, que no usa su don para repartir justicia ni para quitarla… y obsesionada por encontrar el modo de perder su… habilidad.

También he pensado en ello. Si no hubiese sido invulnerable habría llevado una vida normal, como la de todo el mundo, con sus experiencias, sus anhelos a veces frustrados, sus pequeñas o grandes victorias… podría incluso quejarme de lo “normal” que sería mi vida; de las miradas curiosas hacia las lesbianas (podría incluso ofenderme en otras circunstancias), del trabajo que no me gusta, de lo caro que está todo, de la muerte de mis padres y mi hermano… seguramente iría al psicólogo (tal vez al psiquiatra) para hablar con alguien de lo anodina que sería mi vida.

Hoy por hoy preferiría todo eso. Porque en el fondo ninguna vida es normal; todas han tenido una evolución interesante y curiosa; todas acumulan determinadas experiencias que otras no poseen y viceversa; todas han extraído conocimientos de su discurrir… Pero una vida hoy considerada normal, lo es en sentido peyorativo: sólo los extremos (“tiene mucho dinero ¡Qué vida lleva! ¡No es normal!” o “es un aventurero: se fue a la otra punta del planeta con la única compañía de su trompeta y su tarjeta de crédito ¡No es normal!”, como mil ejemplos más) son considerados como no normales. El deseo de riqueza es lo que nos hace desear no ser corrientes, considerando que la normalidad es aburrida. Es falso; pero me importa una mierda lo que siga pensando la gente. Yo sí que no soy normal: para mí el trabajo es un modo de evadirme de mi realidad cotidiana y supone un respiro; no me ofende lo que piense la gente extremista ni me preocupa demasiado la muerte de mi familia; no me interesa quien gobierne el mundo. Porque no tengo un solo momento libre para ocuparme de esas vicisitudes.

Podría ser feliz pero como veis no lo soy.

Tal vez porque tenga que hacer algo con mi vida.

Otro de los momentos que me dan que pensar es aquel en el que me dirijo hacia el pequeño baúl de nuestra habitación. Esto sólo lo hago cuando Iris está en el trabajo, Valentín de patrulla y Sasia cojeando a lo largo y ancho de la ciudad. Dentro del baúl está el regalo de cumpleaños con el que Iris me sorprendió hace dos inviernos.

¿Os hablé ya del señor Vulnus? Aquel mismo año el regalo de Sasia había sido un gato, el cual justo en el momento de salir de la caja de cartón perforada cogió las de Villadiego velozmente por la terraza hacia los tejados de la zona.

Como digo, el caso es que a veces, cuando estoy sola, abro el baúl y saco una caja de tela que guarda el regalo de Iris. Me enfadé… me enfadé mucho, tal vez más de la cuenta con ella, pero ni era el momento apropiado para aquel tipo de bromas ni, por supuesto, era el detalle más adecuado. A Sasia tampoco le gustó; se limitó a terminar su bebida, levantarse exagerando todavía más de lo habitual su cojera y salir por la puerta sin hacer el más mínimo ruido. Yo quedé estupefacta cuando abrí el regalo, y ni siquiera lo llegué a desempaquetar del todo. No os creáis: tardé casi medio minuto en darme cuenta de lo que era.

Un traje.

Un disfraz.

Fue lo más humillante que me sucedió nunca, y tardé en perdonar a Iris. Pero a día de hoy debo admitir dos cosas: la primera es que no merece la pena perder el tiempo en enfados con la gente que quieres y te quiere por algo que fue hecho con la mejor de las intenciónes y el peor de los sentidos del humor y la segunda… la segunda es que no se si ponérmelo… de nuevo.

Veamos: ya se que no fueron muchos los años bajo las íntegras enseñanzas de mis padres; y además fueron los años de mi niñez, cuando más importante es jugar y descubrir cosas nuevas cada día; si para ello debía tener cuidado con las figuras de cristal del mueble de salón por seguro lo tendría; si para poder jugar más tiempo debía compartir mis juguetes con otras niñas lo hacía y listo. Con Dora las situaciones y sus enseñanzas obtuvieron una respuesta más consciente por mi parte; ya sabía de qué hablaba pues comenzaba a conocer el fondo del ser humano. Aquellas dos influencias fueron apoyadas años más tarde por el caballero de blanca armadura llamado Valentín, e Iris también supuso una influencia en tal sentido. El único que contradice lo que me han enseñado es Sasia; y la verdad es que no lo hace nada mal.

En este mundo hay gente especialmente predispuesta para determinadas actividades; solemos decir que tienen un don; los mejores de ellos son considerados genios: artistas, científicos, matemáticos, filósofos… todos ellos han usado sus habilidades (obviando otros intereses menos éticos) para compartir el conocimiento con el resto de la raza humana; otros para ayudarnos en nuestra evolución. Parece que todo el mundo que recibe una habilidad debe (“así es, así debe ser y así será”) posponer cualquier necesidad o deseo individual en pro del conjunto. Pero no todos los genios lo han hecho; no todo el que ha recibido un don lo ha utilizado para el bien o para el mal; algunos genios anónimos simplemente han vivido su vida, aislados del concepto “global”.

Esta cuestión es la que me da más dolor de cabeza (es un decir): mi “habilidad” no la he cultivado; no me ha supuesto ningún esfuerzo ni conseguirla ni mejorarla. Ha transcurrido su evolución de manera… natural, podríamos decir. Y si yo no lo he querido ¿Por qué debo dejar mi vida de lado y dedicarla a salvaguardar el orden? ¿La justicia? ¿La ética?

No soy la más indicada para imponer orden ni impartir justicia ni dar ejemplo de ética; en ese sentido soy como la mayoría: tengo vicios que cultivo a menudo, tentaciones en las que caigo de vez en cuando y una ética que deja bastante que desear. Por supuesto se lo que está bien y lo que está mal, y de hecho en ocasiones reacciono según esa estimación entre lo bueno y lo malo; pero es mi estimación, y con ella y con mis actos estoy cambiando el devenir natural de la especie humana; vale: a niveles ínfimos, pero lo estoy cambiando. Y no se si quiero hacerlo.

La gente a la que he dado muerte: ¿Acaso no podrían cambiar? ¿No es posible que en un futuro más lejano o más cercano se convirtiesen en referentes en algún campo? ¿En modelos a seguir? ¿Cómo he cambiado las cosas con mis intervenciones?

Dora me enseñó a compartir; Eva me enseñó a distinguir el bien del mal; León me enseñó a disfrutar; Iris me enseñó a amar; incluso Aquiles me enseñó la ternura; Valentín me enseñó el valor; y Sasia me enseñó que todo lo anterior debe tener su contrapunto…

Su contrario; su Némesis.

La imagen de la balanza se ha utilizado desde tiempos de los egipcios para definir o representar los conceptos de justicia y derecho. En mi propia balanza, por un lado, aparecen Dora, Eva. León, Aquiles, Valentín, Iris y pocos más. En el otro lado están Sasia y la mayoría del resto del mundo.

La mayoría del resto del mundo… ¿Os dais cuenta?

Cada vez más a menudo me cabrea la violencia a la que nos estamos acostumbrando; seguramente no es mayor que hace unos siglos (vale; somos algunos millones más de habitantes. Me refiero en comparación), pero últimamente está allí donde observemos. Si en aquel entonces vivíamos en algún país de Europa y había masacres en cualquier otro lugar esa información llegaba (si lo hacía) años después; no afectaba a la vida diaria como lo hace en los tiempos que corren.